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El descubrimiento que revela el motor invisible del universo

Durante más de un siglo, la humanidad ha observado el cielo nocturno con una pregunta fundamental: cómo se enciende la vida en el cosmos?

Sabíamos que las estrellas nacen en nubes masivas de gas y polvo, pero el mecanismo exacto que regula este nacimiento permanecía oculto, protegido por una oscuridad impenetrable. Hoy, un equipo de científicos liderado por el Dr. Shmuel Bialy y el investigador Amit Chemke, ha logrado lo imposible: han «hackeado» el código de una nebulosa para medir, por primera vez, las partículas invisibles que controlan el origen de todo.

Este descubrimiento, que ha captado la atención de la NASA y la comunidad científica global, no es solo un logro astrofísico; es una demostración de la capacidad de la ciencia israelí para dominar las herramientas más avanzadas de la humanidad, como el Telescopio Espacial James Webb (JWST), y extraer respuestas de donde solo había silencio.

El Enemigo Invisible: Los Rayos Cósmicos

A pesar de su nombre, los rayos cósmicos no guardan relación con la luz o la radiación electromagnética. Esta confusión terminológica, que ha persistido desde su descubrimiento, oculta una realidad física mucho más cinética: son, en esencia, «balas» de materia. Protones, electrones y núcleos atómicos que atraviesan el tejido galáctico a velocidades que rozan el límite de la física, la velocidad de la luz.

Nuestra comprensión de estas partículas ha recorrido un camino fascinante. Hace más de un siglo, Victor Hess ascendió en un globo aerostático para demostrar su existencia; décadas después, las sondas Voyager 1 y 2 nos ofrecieron las primeras mediciones directas más allá de la protección de nuestro Sol.

Sin embargo, lo que ocurría en el interior de las nebulosas lejanas seguía siendo un enigma. Para el Dr. Bialy, entender esta «lluvia» constante es fundamental, pues al penetrar en las nubes de gas, estas partículas provocan una sutil danza subatómica. Al impactar con las moléculas de hidrógeno, las hacen vibrar en una frecuencia que, hasta ahora, era un susurro inaudible para nuestra tecnología.

Estas partículas son, en esencia, los ingenieros del universo.

Tienen la capacidad de penetrar en las zonas más densas y frías del espacio, como la nebulosa Barnard 68, un cúmulo de gas a 400 años luz de la Tierra que es tan opaco que parece un agujero negro en el cielo.

Hasta ahora, medir qué hacían estos rayos dentro de esas nubes era una misión suicida para cualquier instrumento.

Pero sin esa medición, nuestra comprensión del universo estaba incompleta.

El Descubrimiento: La Huella de los 100 Terahercios

El Dr. Bialy propuso una teoría audaz que muchos expertos consideraron, durante años, demasiado débil para ser detectada.

Su hipótesis sostenía que, cuando los rayos cósmicos chocan con las moléculas de hidrógeno dentro de una nebulosa, las hacen «vibrar».

Esa vibración emite una señal infrarroja específica a una frecuencia de unos 100 terahercios.

Utilizando la sensibilidad sin precedentes del James Webb, el equipo logró captar estos fotones por primera vez en la historia.

Como explicó Amit Chemke, coautor del estudio, la señal detectada encajó milimétricamente con el modelo teórico desarrollado por el equipo.

No había duda: estaban viendo la interacción directa entre la materia oscura de la nebulosa y las partículas de alta energía que cruzan el vacío.

El «Termostato» de las Galaxias

Por qué es esto vital para la ciencia y la industria del futuro? Porque los rayos cósmicos actúan como el termostato del universo.

El nacimiento de una estrella como nuestro Sol es una lucha titánica entre la gravedad, que intenta comprimir el gas, y la energía interna, que se resiste al colapso.
En este escenario, los rayos cósmicos actúan como un termostato galáctico de precisión. Gracias a su alta energía, estas partículas penetran en los rincones más densos de las nebulosas, calentando el gas desde dentro.
Este calor genera una presión que frena el colapso gravitacional; sin este regulador invisible, las galaxias habrían consumido su gas de forma frenética, agotando su capacidad de crear estrellas mucho antes de lo previsto.
Pero su papel va más allá del control térmico. Los rayos cósmicos son el motor químico del cosmos a través de la ionización.
Al arrancar electrones de los átomos, desencadenan una cascada de reacciones químicas en entornos donde el frío extremo debería impedir cualquier actividad.
Es esta energía la que permite que átomos dispersos se ensamblen en moléculas complejas, los ladrillos fundamentales de la vida:
• Agua, que fluye en los futuros sistemas planetarios.
• Amoníaco, precursor de la complejidad orgánica.
• Metanol, una firma de la riqueza química nebular.

El descubrimiento de Bialy nos permite, por primera vez, mapear dónde y cómo se están cocinando estos ingredientes esenciales para la vida en otros sistemas solares.

Desde latamisrael Insight, analizamos este avance bajo la lupa del impacto estratégico. La ciencia israelí no solo está produciendo artículos en Nature Astronomy; está afectando la agenda de la NASA.

La agencia espacial estadounidense ha quedado tan impactada por los resultados de Bialy que ha asignado 50 horas adicionales de tiempo de uso del James Webb, un recurso que cuesta millones de dólares por hora y por el cual compiten miles de científicos, para que este equipo continúe mapeando la galaxia.

Este es el verdadero valor de la marca Israel: la capacidad de convertir una duda teórica en una evidencia física utilizando tecnología de vanguardia. Para los inversores y líderes en el sector SpaceTech, este descubrimiento abre la puerta a:

  1. Nuevos sensores de partículas: basados en los modelos de detección de hidrógeno molecular.

  2. Modelos de simulación avanzada: para entender la propagación de radiación en misiones espaciales de larga distancia.

  3. Minería Espacial: comprender la química de las nubes estelares es el primer paso para identificar regiones ricas en volátiles y recursos orgánicos.

Tecnología Israelí:la nueva frontera

Al aprender a sintonizar la frecuencia de 100 THz, hemos empezado a escuchar el murmullo de la materia en su estado más puro.

Este descubrimiento no solo redefine nuestra comprensión de la formación estelar, sino que nos invita a mirar el cielo con una nueva profundidad.

El trabajo de los Dres. Bialy, Chemke y Neufeld ha transformado a las nebulosas de «nubes de polvo» en detectores naturales de partículas del tamaño de sistemas solares. Es un salto cuántico en nuestra capacidad de observar lo invisible.

Para los seguidores de latamisrael, este hito refuerza nuestra tesis central: el liderazgo tecnológico no se trata solo de construir máquinas, sino de poseer la inteligencia para hacer que esas máquinas vean lo que nadie más puede ver.

El universo acaba de volverse un poco menos misterioso, y una vez más, la brújula apunta hacia la innovación israelí.


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