Para entender de qué está hecho este país

Hay naciones que se explican a través de sus mapas, sus economías o sus monumentos.

Israel, en cambio, solo puede comprenderse a través de la textura de su gente: una combinación singular de dolor intransferible, una memoria obstinada que se niega a soltar a los suyos y una determinación cotidiana de seguir eligiendo la vida, incluso desde los escombros.

Para entender el ADN de este país, y su sociedad no alcanza con estudios sociológicos. Pero nos puede ayudar, el mirar dos noticias que se cruzaron hoy, dos historias separadas por décadas pero unidas por el mismo hilo invisible que sostiene la existencia colectiva de este pueblo.

I. El pacto silencioso que no vence con los años

La primera noticia nos remonta a una noche de junio de 1982.

En el valle de la Bekaa, en el Líbano, la batalla de Sultán Yacoub dejó una herida abierta en la memoria operativa y humana de las Fuerzas de Defensa de Israel.

En aquel enfrentamiento encarnizado cayeron tres combatientes del cuerpo de blindados cuyo paradero permaneció en las sombras del enigma durante décadas: Zacharia Baumel, Tzvi Feldman y Yehuda Katz.

Para cualquier otro estado, muchas veces el paso de las décadas convierte a los desaparecidos en páginas de historia, en nombres grabados en un monumento donde el tiempo diluye la urgencia.

Aquí no.

En 2019, 37 años después, la inteligencia y el ejército devolvieron los restos de Zacharia Baumel a su tierra.

En mayo de 2025, tras 43 años de búsqueda ininterrumpida, las operaciones encubiertas del Mosad y las FDI permitieron traer de regreso los restos de Tzvi Feldman.

Hoy, 44 años después de aquella batalla, las autoridades notificaron oficialmente a la familia de Yehuda Katz que sus restos han sido finalmente localizados e identificados.

Cuarenta y cuatro años

Cuatro décadas y media de rastreo de datos, análisis genéticos, operaciones secretas y un compromiso que cruzó generaciones de comandantes y oficiales de inteligencia.

Algunos de los operativos que participaron en las últimas etapas de esta búsqueda ni siquiera habían nacido cuando la unidad de Katz entró en combate en el Líbano.

Esa es la primera dimensión para entender a este país: la certeza de que existe un pacto no escrito entre el Estado y cada ciudadano que viste su uniforme. La promesa implícita de que nadie queda relegado al olvido, sin importar cuánto tiempo pase ni cuántas fronteras haya que cruzar para traerlo de vuelta a casa.

II. Reorganizar la mente, reconstruir el corazón

La segunda historia es contemporánea, cercana y profundamente íntima.

Ocurre aquí y ahora, en el Israel que intenta recomponerse día a día.

Su protagonista es Michal Zmora, viuda de un gigante: Arnon Zmora, el oficial de la unidad de élite Yamam que cayó heroicamente en junio de 2024 durante la operación de rescate de cuatro secuestrados en el corazón de Gaza.

Arnon dio su vida para devolver la libertad a sus compatriotas, convirtiéndose en el rostro del coraje y la entrega absoluta.

Tras la tragedia, Michal debió enfrentarse a ese abismo silencioso que sucede al impacto inicial.

Hace un poco más de un año, viajó al Kineret a un retiro de escritura organizado para viudas de guerra. Allí descubrió que transformar el dolor en palabras permitía, según sus propias palabras, «organizar la mente y el corazón».

Poco después, un encuentro casual con una viuda de la Guerra de Yom Kipur terminó de encender la chispa.

Al confesarle que tenía deseos de escribir pero no sabía por dónde empezar, la mujer le respondió con la sencillez de quien ya ha recorrido ese camino: «Simplemente se empieza».

Michal subió a su estudio, encendió la computadora y comenzó a redactar.

El proceso no fue lineal ni sencillo.

Fue, en sus palabras, abrumador, agotador y desarmante en ocasiones; pero también un camino cargado de orgullo y dignidad. El resultado de ese proceso es su primer libro, titulado Guedolá Mitzmach Chelakai («Más grande que la suma de mis partes»), cuya preventa oficial ya comenzó tras salir de las imprentas.

En una reflexión compartida en sus redes sociales, Michal confesaba el temor que implica exponer la vulnerabilidad tras haber luchado tanto por recuperar la paz mental: «da miedo exponerse así, especialmente después de haber trabajado tan duro para regresar al silencio. Pero para vencer a esta vida y vivirla plenamente se necesita valentía, y yo elijo ser valiente».

La paradoja de la continuidad

Si se observan de cerca, la historia del rescate de los restos de Yehuda Katz tras 44 años y el paso al frente de Michal Zmora no son hechos aislados.

Son las dos caras de una misma identidad colectiva.

Por un lado, la lealtad hacia el pasado: la negativa rotunda a dar por cerrada una búsqueda mientras quede un soldado en tierra extraña. Por el otro, la actitud hacia el futuro: la decisión de las familias golpeadas por el duelo de no quedar paralizadas por la tragedia, reconstruir la vida y aportar a la sociedad.

Este país está hecho de esa tensión constante entre el deber de recordar y la imperiosa necesidad de continuar.

Se edifica sobre el trabajo sigiloso de quienes no olvidan a un caído de 1982 y sobre el coraje de quienes, en 2026, abren su corazón en las páginas de un libro para ayudar a sanar a toda una comunidad.

Para entender mejor de qué está hecho Israel, basta con mirar esos dos gestos: el abrazo que llega cuatro décadas después para cerrar una herida abierta, y las manos que, aun atravesadas por el dolor, eligen escribir el siguiente capítulo.


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